26 de enero de 2007

Misa en latín

Aclaremos inmediatamente conceptos. Existen en la Iglesia Católica Romana dos grandes grupos litúrgicos: el rito latino y los ritos orientales. El rito latino es el que rige para toda la Iglesia Occidental, que, por ello, se llama Iglesia de Rito Latino. Su particularidad consiste en que la lengua original de la Liturgia es el latín, aunque, en la práctica, ésta se desarrolle en las distintas lenguas vernáculas de acuerdo con traducciones aprobadas por la Santa Sede. Los ritos orientales abarcan las distintas familias litúrgicas vigentes en los países de Oriente y en las comunidades étnicas originarias de allí pero afincadas en Occidente. La lengua litúrgica varía según los distintos ritos (griego, árabe, eslavo, caldaico, sirio, etc.), pero tienen el rasgo común de su carácter arcaico: por lo general no se trata de la lengua de uso común.

El rito latino tiene actualmente dos variantes: la clásica o tradicional -fijada en el siglo XVI por el Concilio de Trento, pero que se remonta por lo menos al V en sus componentes esenciales- y la moderna o reformada, que data de 1970. Dentro del rito latino clásico -siempre en latín- hay que considerar las siguientes liturgias, que sobrevivieron a la reforma tridentina hasta nuestros días: la romana, la ambrosiana, la mozárabe, la lionesa, la cisterciense, la cartujana, la dominicana y la carmelitana. En cuanto al rito romano reformado, debido al gran margen de libertad que se deja en él al celebrante en la selección de alternativas (especialmente por lo que se refiere a las plegarias eucarísticas en la misa), puede decirse que agrupa una gama muy amplia de combinaciones, sin que pueda hablarse de liturgias predeterminadas. Y ello sin hablar de las diferencias lingüísticas, dado que las lenguas vernáculas han desplazado casi por completo al latín en las celebraciones modernas. No obstante, al hablar de “misa en latín” puede uno referirse tanto al rito clásico como al moderno, siempre que en este último se utilice la lengua de los libros litúrgicos típicos.

Un error muy común consiste en creer que la cuestión de la misa, que se ha planteado a partir de las reformas surgidas después del último concilio por parte de los llamados círculos tradicionalistas, es una mera cuestión de lengua. Mucha gente no llega a comprender por qué tanto interés en el latín, ya que suponen -y suponen mal- que la nueva misa no es más que la traducción de la antigua y encuentran más natural entender lo que se dice en el altar. Todo se reduciría, pues, a una suerte de dilettantismo litúrgico -hasta de esnobismo- propio de personas nostálgicas y apegadas indiscriminadamente al pasado. Sin embargo, no es tan sencillo.

El Concilio Vaticano II, al tratar acerca de la Sagrada Litúrgia en la Constitución Sacrosanctum Concilium (promulgada el 5 de diciembre de 1963), quiso hacer suyas las aportaciones razonables del Movimiento litúrgico, siguiendo por el camino trazado por Pío XII, autor de importantes reformas en la materia, pero que no comprometían lo substancial y considerado hasta entonces intangible. De hecho, el Concilio declaró que “la santa madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios” (Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 4) y aunque daba pie a que se revisaran íntegramente, ello debía llevarse a cabo sólo por necesidad, con prudencia y ateniéndose a la sana tradición. Se promovía una mayor participación de los fieles (lo cual era perfectamente admisible), pero se dejaba claro que se conservaría “el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular” (ibid., n. 36.1) y que la Iglesia reconocía “el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por lo tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas” (ibid., n. 116).

El 25 de enero de 1964, Pablo VI instituyó mediante el Motu proprio Sacram liturgiam, el llamado Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, es decir el órgano encargado de la aplicación de la constitución conciliar sobre Liturgia, presidido por el Cardenal Lercaro y con el P. Annibale Bugnini como secretario. Este último había sido también secretario de la comisión antepreparatoria conciliar de Liturgia, a la que había llegado presidido por la fama de tener miras avanzadas e ideas radicales de reforma. El Consilium puso manos a la obra sin tener muy en cuenta a la Sagrada Congregación de Ritos. El primer resultado de sus trabajos fue la Instrucción Inter oecumenici, de 26 de septiembre de 1964, “para la exacta aplicación de la Constitución sobre Sagrada Liturgia”. En ella se disponía la primera modificación importante del rito de la Misa, mediante la supresión de algunas partes, la introducción de la plegaria universal de los fieles y el uso de la lengua vernácula en toda la celebración salvo el prefacio y el canon. El 27 de abril de 1965, se autorizó la lengua vernácula también para el prefacio. Con la Instrucción Tres abhinc annos, de 4 de mayo de 1967, se abolió la mayoría de signos de reverencia en la Misa. Todos estos cambios no eran sino el preludio que anunciaba un nuevo rito, que se había estado elaborando en el seno del Consilium con la participación activa de seis pastores protestantes, tal como confirmó el hoy Cardenal Baum. En la Capilla Sixtina, en el marco del Sínodo de los Obispos de 1967, tuvo lugar la celebración-piloto de la llamada Missa normativa, rito que se diferenciaba drásticamente de la misa tradicional católica, hasta el punto que ni siquiera había ofertorio. Sometida a la votación de los Padres sinodales, la Missa normativa no pasó el examen, de modo que el Consilium hubo de pulirla un poco para hacerla aceptable. De hecho fue ese rito retocado el que el Papa promulgaría dos años más tarde.

En efecto, el 3 de abril de 1969, mediante la Constitución Apostólica Missale Romanum, Pablo VI sancionó con su autoridad el Novus Ordo Missae, disponiendo que entrara en vigor a partir de la primera domínica de adviento siguiente, esto es el 30 de noviembre de aquel mismo año. Ahora bien, ¿se trataba de la substitución del antiguo rito por el nuevo, o simplemente de la introducción de un nuevo rito en la Iglesia latina, que coexistiría con todos los demás? Aquí es donde se plantea el problema. Porque no existe en el documento papal de promulgación la fórmula revocatoria del rito precedente. Éste fue fijado por la Bula Quo primum tempore, dada por San Pío V el 14 de julio de 1570, la cual contenía, además, un indulto perpetuo en virtud del cual ningún sacerdote, en cualquier tiempo o lugar, podía ser obligado a decir o cantar la misa de manera diferente a la establecida por la bula. Aquí conviene que quede clara una cosa y es que San Pío V, siguiendo las prescripciones del Concilio Tridentino, no inventó nada, sino que consagró el rito que la Tradición había transmitido, perfeccionándolo, a lo largo de los siglos desde la época patrística. Es por ello por lo que la misa romana clásica sólo impropiamente puede ser denominada tridentina o de San Pío V. Pasa lo contrario con el Novus Ordo, que, como admitió su artífice principal el ya Mons. Bugnini, se trataba, bajo ciertos aspectos, de “una nueva creación”, por lo que es correcta la denominación de misa de Pablo VI.

El caso es que el Novus Ordo suscitó inmediatamente las más graves reservas por parte de los sectores más vigilantes de la Iglesia, hasta el punto que los Cardenales Ottaviani y Bacci enviaron al Papa un Breve examen crítico del nuevo rito sosteniendo que éste “se aleja de manera impresionante, en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Misa, tal como fue formulada en la XXII sesión del Concilio de Trento, el cual, al fijar definitivamente los cánones del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera menoscabar la integridad del misterio”. El punto de mayor escándalo era el artículo 7 de la Institución General, en el que se daba una definición de la misa que prescindía por completo de la idea de sacrificio. El escrito enviado por los cardenales tuvo como efecto que Pablo VI ordenara una nueva versión de la Institución General del nuevo Misal Romano, en la que se enmendaba el polémico artículo 7. El Novus Ordo, empero, permanecía tal cual. Por la misma época surgió un importante movimiento a favor de la conservación de la misa tradicional y el canto gregoriano, constituido por varias asociaciones de seglares de distintos países, reunidas en la Federación Internacional Una Voce, cuyas actividades continúan hasta el día de hoy.

A pesar de la vigencia de la Bula Quo primum tempore y del indulto perpetuo de San Pío V, a pesar del respaldo de la costumbre inmemorial, a pesar de los graves defectos formales en la promulgación de la misa de Pablo VI y de la imprecisión de su alcance, se dio por hecho, por parte de las autoridades, que la misa tradicional había sido prohibida y se actuó en consecuencia. Ahora bien, el único con competencia en la materia, esto es el Papa, no había dado ninguna disposición en este sentido. A pesar de ello, el Novus Ordo se impuso como si fuera obligatorio a toda la Iglesia latina. Hubo algunas excepciones, como, por ejemplo, la de la diócesis de Campos (Brasil), en donde se conservó en su totalidad la liturgia romana clásica hasta 1981 sin que se suscitara ninguna polémica. En realidad, fue con ocasión del affaire Lefebvre (v. Monseñor Lefebvre) cuando la cuestión de la misa fue puesta sobre el tapete de forma dramática. Para entonces la liturgia reformada se había consolidado, aunque en no pocos casos de forma traumática. Los abusos, escándalos, irreverencias y hasta sacrilegios estaban a la orden del día. Por si fuera poco, los frutos de la reforma postconciliar no fueron los que se esperaban: la práctica religiosa de los fieles descendió abruptamente y lo mismo las vocaciones sacerdotales y religiosas, por no hablar del abandono de las órdenes sagradas por parte de una proporción sin precedentes del clero católico, todo ello documentado por fuentes oficiales y oficiosas de la Iglesia, que, no obstante, contra la evidencia, se mantenían en una actitud de incomprensible triunfalismo.

Parece ser que Pablo VI no quiso dar marcha atrás a su reforma, a pesar de su fracaso, por no tener que reconocer que se había equivocado y poner así en cuestión su autoridad. Lo que sí hizo fue reforzar la doctrina tradicional en materia de culto eucarístico mediante documentos como la Encíclica Mysterium fidei, que, desgraciadamente, no pasaron de ser letra muerta, mientras se agravaba la débacle litúrgica en todo el mundo. Fue Juan Pablo II quien, ya desde los inicios de su pontificado, dio los primeros pasos favorables a la liturgia romana clásica. En 1980, en su Carta Dominicae cenae, pidió perdón en nombre propio y de los obispos por todo lo que hubiera causado escándalo en la aplicación de la reforma litúrgica. Ese mismo año, ordenó al Cardenal Knox la realización de una encuesta sobre el problema de la misa (iniciativa desgraciadamente neutralizada por los obispos). Pero la primera disposición concreta fue el Decreto Quattuor abhinc annos de la Sagrada Congregación para el Culto Divino, de fecha 3 de octubre de 1984, por el cual se concedía a los obispos la facultad de otorgar un indulto para la celebración de la misa tridentina en determinadas condiciones. El documento fue como un signo de distensión entre la Santa Sede y los sectores tradicionalistas, especialmente los cercanos a Mons. Lefebvre, pero su puesta en práctica fue muy limitada. La mayoría de sacerdotes que continuaban celebrando según el rito romano clásico lo hacían al amparo del indulto perpetuo de San Pío V y los que solicitaron acogerse al nuevo indulto pocas veces se vieron contentados por los obispos.

En diciembre de 1986, Juan Pablo II autorizó al Cardenal Mayer, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, a reunir una Comisión Cardenalicia para estudiar los resultados prácticos del Decreto Quattuor abhinc annos. Los cardenales convocados llegaron a la conclusión de que el indulto de 1984 estaba sometido a condiciones excesivamente restrictivas, que debían ser mitigadas. Al mismo tiempo, recomendaron unas normas para facilitar su concesión. El Cardenal Alfons M. Stickler, miembro destacado de la Comisión, declaró, por su parte, que él personalmente no consideraba que la misa tradicional estuviera prohibida y abogó por una total liberalización de la misma. Se sabe que el Papa estuvo a punto de firmar un documento en este sentido, pero fue disuadido por algún cardenal que temía que ello fuera utilizado como bandera de triunfo de los sectores más radicales del tradicionalismo.

El 30 de junio de 1988, Mons. Lefebvre realizó, asistido por Mons. de Castro Mayer, Obispo emérito de Campos (Brasil), las consagraciones episcopales de cuatro miembros de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. Al carecer de mandato apostólico, dichas consagraciones eran ilícitas y acarrearon la excomunión automática de los directos participantes en el acto. El Santo Padre, con el fin de que los grupos tradicionalistas afectos a la liturgia romana clásica, viéndose desamparados y hasta hostilizados por los obispos, no fueran a seguir el cisma, dio el Motu proprio Ecclesia Dei, de 2 de julio del mismo año, por el cual se instituía una Pontificia Comisión encargada de facilitar la plena comunión eclesial de comunidades y personas vinculadas de algún modo a Mons. Lefebvre y de promover una “amplia y generosa aplicación” del Decreto de 1984. La Pontificia Comisión quedaba presidida por el Cardenal Mayer, el cual, en una audiencia con el Papa, obtuvo las facultades necesarias para el buen desempeño de las funciones encomendadas al nuevo organismo de la Santa Sede. Entre estas facultades estaba la de conceder “ a todos los que lo pidieren el uso del Misal Romano según la edición típica de 1962, siendo de ello informado el obispo diocesano”. Al amparo del Motu proprio Ecclesia Dei fueron establecidas sociedades de vida apostólica tales como la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro y el Instituto de Cristo Rey Sumo y Eterno Sacerdote (esta última erigida por un obispo africano), en las cuales se observan íntegramente las “formas disciplinarias y litúrgicas precedentes de la tradición latina”. Las mismas cuentan con fundaciones florecientes extendidas en todo el mundo con la anuencia de los obispos diocesanos interesados. Sus sacerdotes regentan verdaderas “parroquias no territoriales” en las que se observa estrictamente la liturgia tradicional.

Algunos obispos objetaron que el Motu proprio Ecclesia Dei y las actividades de la Pontificia Comisión homónima estaban referidos exclusivamente a los antiguos miembros de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. En 1991, el Cardenal Mayer envió, a este propósito, una carta circular a los obispos de los Estados Unidos, aclarando que el Papa quiso dirigirse a todos los fieles católicos de sensibilidad tradicional “y no sólamente a los seguidores de Monseñor Lefebvre”. Por otra parte, en otra carta, dirigida a la Sociedad Ecclesia Dei de Australia, declaró que los fieles tienen ahora derecho a la misa tradicional. Ya el mismo Juan Pablo II dirigió una significativa alocución (C’est avec joie) a los monjes peregrinos del Monasterio de Santa María Magdalena de Le Barroux (Francia), animándolos en el camino escogido de fidelidad a la Tradición en comunión con el Sucesor de Pedro y poniéndolos como ejemplo a seguir por los miembros de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, a quienes hizo un llamado de unión.

En la actualidad, la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, presidida por el Cardenal Angelo Felici, desarrolla una fecunda actividad colaborando con los otros dicasterios de la Curia Romana y los obispos para facilitar la normalización de la liturgia tradicional, allí donde hay un legítimo deseo por parte de los sacerdotes y los fieles. El recientemente creado Cardenal Medina Estévez, Pro-prefecto de la Congregación para el Culto Divino, ha declarado públicamente que él recomienda a todos los obispos conceder sin restricciones el indulto para la misa tradicional. Por su parte, las sociedades de vida apostólica y nuevos institutos religiosos de corte tradicional que se van estableciendo proporcionan sacerdotes cualificados para el desarrollo del culto según la liturgia romana clásica.

En resumen, puede decirse que la “misa en latín” no está prohibida. Existe un indulto perpetuo otorgado por San Pío V, el cual no ha sido revocado por la única instancia competente para ello, es decir el Papa. Por si hubiera alguna duda de ello, existe también el indulto de 1984 modificado por el Motu proprio de 1988, cuya aplicación es política actual de la Santa Sede que sea “amplia y generosa”. Y por si ello no bastara, sin necesidad de indulto, existen un derecho adquirido a la Misa tradicional por la costumbre inmemorial. En efecto, hasta 1570, cuando fue codificado por San Pío V en cumplimiento de las disposiciones del Concilio de Trento, el rito romano clásico era una costumbre consolidada por el paso de los siglos. La Bula Quo primum lo único que hizo fue pulirla y darle una adicional fuerza legal. En fin, existe un argumento de orden moral a su favor: no se prohíbe algo sino por su maldad o inconveniencia. Ahora bien, ¿cómo podría ser mala o inconveniente una misa que durante siglos ha alimentado la fe de los católicos, entre ellos innumerables santos?


Bibliografía.-

Bonneterre, R.P. Didier: El Movimiento Litúrgico, Iction (Buenos Aires, 1982); Bugnini, C.M., P. Annibale: Verso la Riforma Liturgica: Documenti e sussidi, Libreria Editrice Vaticana (Città del Vaticano, 1965); Davies, Michael: Pope Paul’s New Mass, 3ª de., Angelus Press (Kansas City, 1992); Cranmer’s Godly Order, reimpr., Roman Catholic Books (Ft. Collins, 1995); The Order of Melchisedech, reimpr., Roman Catholic Books (New York, 1993); The Tridentine Mass, reimpr., The Angelus Press (Dickinson, 1985); The Liturgical Revolution, reimpr., The Angelus Press (Dickinson, 1990); Gamber, Klaus: La Réforme Liturgique en question, Éditions Sainte-Madeleine (Le Barroux, 1992); Tournés vers le Seigneur, Éditions Sainte-Madeleine (Le Barroux, 1993); Johannes Paulus II: Motu proprio Ecclesia Dei adflicta, Acta apostolicae Sedis (1988); Jungmann, S.J., J.A.: El Sacrificio de la Misa, 4ª ed., B.A.C. (Madrid, 1963); Paulus VI: Constitutio Apostolica Missale Romanum, Acta Apostolicae Sedis (1969); Pardo, Andrés, y otros: Documentación Litúrgica Postconciliar. Enchiridion, Regina (Barcelona, 1995); Righetti, Mons. Mario: Historia de la Liturgia, 2 vols., B.A.C. (Madrid, 1955-1956); Una Voce Argentina: En defensa de la Misa, Iction (Buenos Aires, 1983).

Masonería

Alrededor de la Masonería se han tejido las más peregrinas leyendas, a lo cual ha contribuido, sin duda, el secreto del que ella se ha rodeado desde siempre. Conviene, por ello, cribar el trigo de la paja para intentar esclarecer la verdad sobre esta organización. Puede decirse que existe una mitología masónica y una Historia de la Masonería. Nos ocuparemos de ambas. Pero antes comencemos por aclarar la etimología de la palabra. Masonería proviene de masón (maçon en francés; mason en inglés), cuyo significado es el de albañil. Y es que los masones se consideran constructores de un nuevo orden. Pero no adelantemos.

Según la mitología sobre la Masonería fue el propio rey Salomón quien la fundó hace casi tres mil años para emprender la construcción del Templo de Jerusalén. La colosal obra requería de ingentes recursos de los que el Reino de Israel no disponía, por lo que el monarca pidió la ayuda del rey Hiram de Tiro y de Sidón y antiguo amigo de su padre David. Éste proporcionó no sólo las maderas de cedro y de ciprés y las piedras de sillería necesarias, sino que puso a disposición de Salomón un ejército de obreros para la preparación y traslado de los materiales desde el Líbano a Jerusalén y envió a su mejor broncista y arquitecto, el judío Hiram Abí. Los capataces de Salomón estaban repartidos en cien cuadrillas de treinta y tres hombres, lo que hacía un total de tres mil trescientos efectivos para dirigir los trabajos. Aquí se ha querido ver el origen de los treinta y tres grados de la actual Masonería de rito escocés. Cuenta la leyenda que Hiram Abí fue asesinado por una conspiración urdida por los enemigos de Salomón, que no querían ver terminada la obra más importante de su reinado. De hecho, la representación de este episodio forma parte del ritual masónico y simboliza la lucha del obscurantismo contra la Razón, a la que momentáneamente vence. La masonería salomónica habría sido la guardiana de los principios esotéricos de la Sabiduría, cuya llave poseía el Rey Poeta. Balkis, la reina de Saba, fascinada por la fama del Rey, habría intentado apoderarse del secreto mediante la seducción sin conseguirlo. De aquí provendría la original misoginia masónica.

Otra versión legendaria sobre el origen de la Masonería es la que atribuye su fundación a Herodes Agripa I, rey de Judea -investido por Calígula- de 37 a 44 y enemigo acérrimo del cristianismo naciente como su abuelo Herodes el Grande lo había sido de Jesucristo recién nacido. Agripa habría reunido a seis de sus más fieles cortesanos y establecido con ellos una hermandad secreta llamada los Hijos de la Viuda, comprometiéndose todos bajo los más terribles juramentos a una lucha sin cuartel contra los secuaces de Jesús el Galileo. Lo cierto es que el rey promovió una dura persecución contra ellos, en la cual sucumbió al filo de la espada Santiago el de Zebedeo. Poco tiempo después Herodes moría, pero su organización secreta continuó e inclusive sobrevivió a la diáspora, infiltrándose en los gremios de constructores de la Edad Media y hasta en la Orden de Caballería más prestigiosa: la de los Templarios. Recordemos que las grandes catedrales góticas no tienen autor conocido: eran, en efecto, obras de equipo, el cual manejaba y custodiaba celosamente el código secreto de su edificación. No es de extrañar que, recordando las antiguas glorias de Israel, los Hijos de la Viuda evocaran la construcción del Templo y escondieran sus propósitos bajo la clave de dicho código. En cuanto a los Caballeros Templarios, el vínculo con el Templo de Jerusalén, en cuyo emplazamiento tuvieron su sede principal, es obvio. Al ser descubiertos como enemigos ocultos del Cristianismo, gracias al doble proceso pontificio y real que se les instruyó, juraron venganza contra el Altar y el Trono, contra el Papado y la Monarquía, cuyos representantes -Clemente V y Felipe el Hermoso- habían sido los artífices de su desgracia. A este propósito se cita la profecía del Gran Maestre Jacques de Molay en la hoguera, anunciando la Revolución Francesa y la persecución de la Iglesia.

Hasta aquí los datos consignados no pasan de ser sugestivas historietas sin mayor posibilidad de verificación. En el siglo XVI, sin embargo, hay datos ya más sólidos que apuntan a la existencia de una especie de pre-masonería. El Humanismo y el Renacimiento habían ampliado las limitadas perspectivas del espíritu humano a horizontes casi infinitos. Se produce el llamado giro antropocéntrico, que libera a la Filosofía y a las Ciencias de la esclavitud de la Teología. Surgen nuevas interpretaciones de la realidad, pero ellas no están al alcance de los espíritus vulgares. La nueva sabiduría es cosa de elegidos y de iniciados: es esotérica. Entre los más ilustres humanistas corren los Libros Herméticos, especialmente el Pimandro, atribuidos a Hermes Trimegisto, un personaje mezcla de encarnación divina y profeta. Entonces empiezan a surgir sociedades esotéricas, entre las cuales sobresale la de los Rosacruces, fundada en Holanda en la primera mitad del siglo XVII y que constituye el antecedente inmediato de la masonería especulativa.

A finales de la misma centuria se producen dos hechos casi contemporáneos y sin aparente conexión: en Francia, la Revocación del Edicto de Nantes por Luis XIV en 1685 y en Gran Bretaña, la Revolución Gloriosa de 1688. El primero quita a los protestantes franceses la libertad de que gozaban desde Enrique IV y determina su conversión forzosa o su emigración. El segundo es un verdadero golpe de Estado contra el último rey católico de las Islas Británicas, Jacobo II, llevado a cabo por su yerno Guillermo de Orange, Estatúder de Holanda. Pues bien, ambos acontecimientos están íntimamente ligados a la Historia de la Masonería. Veamos. Desde Francia y con el apoyo de su primo el Rey Sol, el exilado Estuardo envió a Inglaterra secretamente a sus agentes para trabajar por su restauración. Con el objeto de pasar desapercibidos, éstos se enrolaron en las corporaciones de constructores y disfrazaron sus proyectos bajo el manto del lenguaje arquitectónico. No se contaba, empero, con la astucia de Guillermo, cuya red de espías descubrió las intrigas jacobitas. En vez de destapar todo el montaje, el holandés fue mucho más sutil: por orden suya, los orangistas infiltráronse en las filas de los agentes católicos, enterándose así de todos sus planes. De esta manera pudo neutralizarse eficazmente la reacción legitimista.

Pero las estructuras de la masonería católica y anti-orangista se habían revelado como un instrumento muy útil de penetración, por lo que sirvieron de modelo a la sociedad secreta fundada en 1717 en Londres por el protestante francés Desaguliers (cuya familia había huido de las dragonnades) y Anderson. En ella se alistaron muchos emigrados franceses que habían abandonado su patria justamente por la revocación. Ésta es la Franc-masonería o Masonería propiamente dicha, que tenía desde el principio un marcado carácter anticatólico, como es natural. Es necesario distinguir esta sociedad de las sectas afines a ella que surgen también en el siglo XVIII, tales como la de los martinistas o la de los Iluminados de Baviera fundados por Weishaupt. Estas últimas son de carácter místico, en tanto que la Masonería es eminentemente especulativa y fundada en la Razón. Todas, empero, tendrán una proyección política decisiva contribuyendo a la ruina del Ancien Régime, el odiado sistema de la alianza entre el Altar y el Trono. La Masonería se extendió por toda Europa y sedujo a los hombres de la Ilustración. Filósofos, escritores, aristócratas y hasta ministros de Estado sucumbieron a su fascinación. Fueron masones aquellos en quienes reposaba el poder en las principales cortes de Europa: Choiseul en Francia, Aranda y Floridablanca en España, Tanucci en Nápoles, Kaunitz en Austria, Pombal en Portugal. No es extraño que todos ellos se empeñaran en lo que fue el primer gran triunfo masón: la supresión de la Compañía de Jesús, avanzada del odiado Pontificado Romano, representante del obscurantismo y la superstición.

En política, la Masonería intervino activamente en tres acontecimientos que marcaron profundamente el cambio de época: la Revolución Americana, la Revolución Francesa y la Emancipación de Hispanoamérica. Los Padres fundadores de los Estados Unidos fueron adeptos de las logias. En el papel moneda norteamericano pueden verse claramente los símbolos fundacionales de la nación que son todos masónicos: el Ser supremo, una pirámide egipcia y el lema “Novus ordo saeclorum” (nuevo orden de los siglos). Las antiguas Trece Colonias, al obtener su independencia, se constituyeron en el primer estado secular de Occidente, en el que la Religión fue por completo relegada a la esfera de los privado. Se reconocía ciertamente la existencia de Dios, pero el Dios de los deístas, el Dios de los masones: el Gran Arquitecto del Universo. El ejemplo estaba dado y pronto cundiría, gracias, sobre todo, a los agentes norteamericanos en París (en particular, Benjamín Franklin), que pusieron de moda la causa de la Independencia y los sentimientos antibritánicos. Las logias europeas trabajaron febrilmente en la preparación concienzuda del siguiente paso: el derrocamiento de la monarquía tradicional en Francia, el baluarte más prestigioso del “despotismo”.

La Revolución Francesa, como se sabe, no fue obra del pueblo; existe una responsabilidad compartida de la alta nobleza y de la burguesía en llevarla a cabo. La primera por su miopía e inconsciencia y la segunda por su ambición y falta de escrúpulos contribuyeron decisivamente a destruir el Ancien Régime, sistema sobre el que, sin embargo, se había fundado la grandeza de Francia, la primera nación de Europa y la más próspera a finales del siglo XVIII. Se puede hablar sin temor a exagerar de un suicidio colectivo, al que se vieron abocados los aristócratas y el pueblo: aquéllos corrompidos por un siglo de libertinaje y descreimiento, que daban alegremente sus nombres a las logias porque eso era de bon ton, sin percatarse que en las trastiendas se conspiraba contra el mundo al que pertenecían; el pueblo, arrastrado por el mal ejemplo de las clases altas en cuyo espejo suele mirarse. Las sociedades secretas no se andaban con bromas: varios años antes del gran estallido ya habían decidido la muerte de Luis XVI y de Gustavo III de Suecia, víctimas expiatorias de la Realeza. Y quien dirigía todo en Francia era nada menos que el primo del Rey y primer príncipe de la sangre: el Duque de Orleáns, cuyo voto iba a ser de los decisivos en la ejecución de su augusto pariente. El resto de la Historia es conocido.

Como se sabe, Napoleón difundió la Revolución por toda Europa con sus ejércitos. En España, la monarquía tradicional seguía contando con la adhesión entusiasta del pueblo. Como en Francia, era el estamento nobiliario el que favorecía la introducción de los fermentos revolucionarios. El afrancesamiento se manifestó en la difusión de las ideas de la Ilustración y, más tarde, en la colaboración con la invasión napoleónica. Con Aranda y Floridablanca se habían multiplicado las logias masónicas en los dos lados del Océano. A través de ellas -que conformaban una eficacísima red- se difundió el ejemplo de la Independencia de las Trece Colonias y de la Revolución en Francia. Los próceres de la Emancipación hispanoamericana pertenecieron a la Masonería: San Martín estaba afiliado a la logia Lautaro, mientras que Bolívar juró la independencia en la Gran Logia de Londres. En los dominios españoles se trató de lo mismo que en Francia: la captura del poder por la burguesía emergente más que la libertad del pueblo, el cual siguió estando sometido, aunque con menos defensas de las que contaba bajo el Antiguo Régimen. La independencia -que, en realidad, fue una guerra civil entre españoles- no favoreció en nada a los mestizos e indios, sino sólo a los criollos, es decir, a los hijos de los peninsulares, nacidos en el Nuevo Mundo.

La paternidad masónica de las nuevas repúblicas americanas queda patente en sus respectivos símbolos patrios, en los que invariablemente se repiten los emblemas de las sociedades secretas: gorros frigios, soles, estrellas, triángulos... América entera, desde el Ártico hasta la Tierra del Fuego se convirtió en un continente masónico. Aquí es curioso referirse al sueño de Bolívar de constituir un poderoso Estado hispanoamericano que hiciera de contrapeso al del norte. Este plan, empero, no entraba en los designios de las logias, a las que interesaba tener un único centro hegemónico en América: los Estados Unidos. El Libertador, desengañado, no sólo renegó de la Masonería sino que la prohibió en los países de los que era gobernante y se empeñó a fondo en la unión panamericana de los antiguos dominios españoles. Desgraciadamente, fracasó. Después de varios atentados fallidos organizados por las logias, murió finalmente en extrañas circunstancias, presumiblemente asesinado, y con él sucumbieron sus sueños. La fragmentación política de la América Hispana fue un hecho, lo que favoreció la supremacía de los Estados Unidos del Norte.

Un hecho muy sugestivo que revela la índole fundamentalmente anticatólica de la Masonería es el distinto cariz que ésta adopta según los países en los que se halla establecida. En el Norte de Europa y en los estados anglosajones, de religión protestante, las logias se muestran piadosas y colaboradoras con las iglesias nacionales y respetuosas del orden establecido. En la Europa Católica y en Hispanoamérica, ellas son, en cambio, rabiosamente anticlericales y conspiradoras. Buena prueba de ello lo son las revoluciones de 1820, 1830 y 1848, que, preparadas por la Masonería y sus afines (como la Carbonería), significativamente sólo afectaron a los estados católicos (España, Francia, Piamonte, Parma, el Estado de la Iglesia, Toscana, las Dos Sicilias, Baviera, Austria). En España, no sólo se produjo la desamortización de los bienes de la Iglesia, sino que se decidió el derribamiento de los Borbones, para reemplazarlos por una dinastía obsecuente con las logias. El artífice del cambio fue el General Prim, destacado masón, quien acabó siendo asesinado por sus correligionarios al haber querido sacudirse su control, que se le había revelado demasiado oneroso. La expoliación de los Estados Pontificios y la instauración de una república antirreligiosa en Francia fueron también logros masónicos.

Sería demasiado prolijo referirse en detalle a la participación que la Masonería tuvo en los movimientos revolucionarios contemporáneos. Algunos han negado sus conexiones con el socialismo marxista, basados en que aquélla es elitista y burguesa y éste es lo contrario. Sin embargo, recuérdese que los masones acogieron a Marx en Londres, apoyándole en la constitución del Partido Comunista y en la fundación de la Primera Internacional. Son innegables, por otra parte, los nexos masónicos con los revolucionarios bolcheviques, gracias a los cuales, pudo Lenin atravesar Alemania en un tren sellado con destino a Rusia y Trotsky allegar los recursos financieros necesarios para organizar la Revolución aportados por la gran Banca. Que después los comunistas se deshicieran de los masones como de tontos útiles no significa sino que a éstos la criada les salió respondona.

Un episodio interesante y poco conocido de nuestra Historia, que refeleja la influencia de la Masonería es referido por el P. Mateo Crawley-Boevey. Cuenta este religioso que Alfonso XIII le confió los entretelones de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, que él realizó en el Cerro de los Ángeles en 1919. Parece ser que el monarca, pocos días antes del acto, recibió la visita de una delegación de masones, que le exhortó a no llevarlo a cabo. A cambio, se le aseguraba un reinado largo y sin sobresaltos. El Rey escuchó impasible y, al final, respondió cortésmente que de todos modos haría la consagración. La delegación se marchó molesta no sin antes advertir a Alfonso XIII que con esa actitud sellaba su destino. Como se sabe, el soberano hubo de salir de España y murió en el exilio. Lo cierto de todo esto es que la Masonería participó activamente en la gestación de la Segunda República y en la completa descatolización de España, simbolizada en la frase de Azaña: “España ha dejado de ser católica”.

La posición de la Iglesia Católica frente a la Franc-masonería fue neta desde un principio. En fecha tan temprana como 1738, a sólo 21 años de su fundación, ya el Papa Clemente XII, en la Carta Apostólica In eminenti, prohibió a los católicos formar parte de la secta masónica y mandó que los transgresores fueran castigados como sospechosos de herejía. En 1751, Benedicto XIV hizo de ella en la Bula Providas una extensa condenación, que fue reiterada sucesivamente por Pío VII en 1821, León XII en 1825, Gregorio XVI en 1835, Pío IX en 1865 y, por fin, León XIII. Este último publicó en 1884 la Encíclica Humanum genus, en la cual se hace una exposición pormenorizada de la naturaleza y fines de la Masonería y se subraya su carácter esencialemente contrario a la Iglesia, por lo cual es imposible a cualquier católico pertenecer a ella. En el Código de Derecho Canónico de 1917 fue incorporada la pena de excomunión Sanctae Sedi simpliciter reservata para los que dieran “su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones del mismo género, que maquinan contra la Iglesia o contra las potestades civiles legítimas” (can. 2335). En el nuevo Código, la excomunión ha sido suprimida, así como la mención expresa de la Masonería. Ahora se castiga con una pena justa -sin determinar- a “quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia” y con el entredicho a “quien promueve o dirige esa asociación” (can. 1375). La Congregación para la Doctrina de la Fe interpretó este canon en el sentido en que la Masonería se hallaba implícitamente incluida en él siempre que se entendiera que persistía en su carácter antirreligioso.

Hoy en día, la Masonería no suscita ya los recelos y reacciones del pasado. Generalmente se presenta como una sociedad de filántropos con fines de beneficiencia y con fama de ser sus afiliados muy solidarios unos con otros. A decir verdad, ha perdido todo aspecto de combatividad anticlerical. Incluso se han llegado a organizar solemnes funerales eclesiásticos por eminentes masones, como fue el caso del Gran Maestre Salat, cuyas exequias se celebraron en la Basílica barcelonesa de Santa María del Mar. ¿Quiere ello decir que la Masonería ha tenido su aggiornamento y ha abandonado su carácter anticatólico? Puede haber sucedido al revés: que la Iglesia haya perdido su carácter antimasónico. Después de todo, si es verdad que eminentes miembros de la Jerarquía Católica han sido o son masones como ha venido sosteniéndose de un tiempo a esta parte, no sería nada de extrañar. De cualquier modo es esto algo que está por demostrar, lo cual será difícil dado el secreto de que la Masonería sigue, a pesar de todo, rodeándose.


Bibliografía.-

Monseñor Lefebvre

El 30 de junio de 1988, en el marco del Seminario Internacional de Ecône, en medio de los Alpes suizos, en el valle del Ródano, Mons. Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, consagraba obispos a cuatro de sus sacerdotes contra la expresa prohibición del Papa. En el acto participó el Obispo emérito de Campos (Brasil), Mons. Antonio de Castro Mayer. La Santa Sede no tardó en reaccionar: declaró incursos tanto al obispo consagrante como al co-consagrante, así como a los consagrados, en la excomunión automática prevista en el Código de Derecho Canónico para los que toman parte en la colación del episcopado sin mandato pontificio (can. 1382). Ya el 17 de junio precedente, el Cardenal Prefecto de la Congregación de los Obispos había dirigido a los protagonistas del acto una pública admonición, exhortándoles a no llevar a cabo las consagraciones. Pero, como se ve, no sirvió de nada.

En realidad, el acontecimiento del 30 de junio era el último y más dramático episodio de un largo tira y afloja entre Roma y Mons. Lefebvre, que se remontaba a 1975, cuando el controvertido prelado efectuó las primeras ordenaciones sacerdotales de su Fraternidad, fundada cinco años antes con la aprobación del Obispo de Lausana, Ginebra y Friburgo, Mons. François Charrière. A Mons. Lefebvre habían acudido varios estudiantes descontentos de las nuevas corrientes imperantes en los seminarios, pidiéndole su apoyo para poder realizar la carrera eclesiástica de acuerdo con los criterios tradicionales de formación. En un principio fueron por él enviados a la Universidad de Friburgo, pero después se vio la conveniencia de agruparlos en un seminario en régimen total de internado, para lo cual fue adquirida, con el dinero de benefactores que no tardaron en aparecer, la casa que los Canónigos de San Bernardo tenían en Ecône, pequeña localidad del cantón suizo del Valais, a medio camino entre Martigny y Sion. Así nació el Seminario Internacional de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. Pero, ¿quién era Mons. Lefebvre?

Marcel Lefebvre nació el 29 de noviembre de 1905 en Tourcoing en el seno de una familia acomodada del norte industrial de Francia. Al igual que uno de sus hermanos, sintió la vocación sacerdotal y, después de los estudios preceptivos, en 1929, recibió las sagradas órdenes de manos de Mons. Achille Liénart (más tarde cardenal), obispo de Lille, su diócesis. Dos años más tarde, atraído por la vida misionera, profesó en la Congregación de Misioneros del Espíritu Santo. Habiéndose doctorado en Filosofía y Teología en Roma, fue destinado por sus superiores a las misiones del Gabón. Allí conoció y trató al insigne apóstol protestante de Lambarené, Albert Schweitzer, con cuyas magistrales interpretaciones de Bach al órgano más de una vez disfrutaría. En esta colonia francesa, cuya Jerarquía católica él formó y organizó, permaneció hasta 1945, año en el cual es nombrado Vicario Apostólico de Dakar en el Senegal. En 1947, es consagrado Obispo siéndole asignada la sede titular de Antedone. Al año siguiente, es preconizado Arzobispo titular de Arcadiópoli de Europa. En 1955, se convierte en el primer Arzobispo de Dakar. Con este nombramiento recibe de Pío XII, además, el de Delegado Apostólico del África Francesa. Para entonces la fama de Mons. Lefebvre como misionero se halla acrisolada.

Corren, empero, tiempos difíciles para los europeos en África. Desde fines de los cincuenta se está produciendo un poderoso movimiento de descolonización, que adquirirá tintes trágicos en Argelia. Roma, prudentemente, decide que ha llegado la hora de substituir a los jerarcas provenientes de las metrópolis con miembros del clero indígena, formado por aquéllos. Así, Mons. Lefebvre es trasladado en 1962 a la diócesis francesa de Tulle con título personal de Arzobispo, mientras es sucedido en Dakar por su más ilustre discípulo: Mons. Hyacinthe Thiandoum (que será creado Cardenal por Pablo VI precisamente en la época más difícil de las relaciones de su maestro con este Papa). Juan XXIII ha nombrado, además, a su antiguo Delegado Apostólico miembro de la Comisión Antepreparatoria del Concilio Ecuménico que está por iniciar y le hace entrar en la Corte Pontificia con la dignidad de Asistente al Solio. Mons. Lefebvre permanece sólo unos meses como Arzobispo-obispo de Tulle, siendo elegido en Roma como Superior General de su congregación.

Desde la comisión preconciliar colabora, pues, en la redacción de los esquemas que serán presentados para su discusión en el aula conciliar. En ella se distinguirá como líder del ala tradicional, junto a los Cardenales Ottaviani, Ruffini, Siri y Browne y los Monseñores de Proença Sigaud, Parente y Castro Mayer, por no citar sino los principales exponentes de la misma. Junto con ellos ha fundado el Coetus Internationalis Patrum, grupo que intenta contrarrestar la influencia progresista de la llamada Alianza Europea. Mons. Lefebvre ya en el Concilio se da a conocer como un decidido opositor de la libertad religiosa, la colegialidad episcopal, el ecumenismo y la reforma litúrgica. Acabado el Vaticano II y puestas en marcha sus reformas, siguió siendo Superior General de los Misioneros del Espíritu Santo hasta que, sintiendo su autoridad puesta en cuestión, renunció y se retiró a la vida privada. Fue en esta circunstancia cuando se presentaron a él quienes serían los pioneros de la Fraternidad de San Pío X.

Los primeros años de ésta transcurrieron más o menos tranquilos hasta que los obispos franceses decidieron poner cartas en el asunto, alarmados por el inesperado éxito del fenómeno Ecône. En efecto, mientras en el seminario de Mons. Lefebvre se multiplicaban sin cesar las vocaciones (104 seminaristas en sólo cuatro años), los seminarios diocesanos languidecían por la falta de ellas. El número de ordenaciones había bajado en picado y, en cambio, la Fraternidad de San Pío X en poco tiempo tendría ya lista una primera promoción de ordenandos. En Ecône se formaba a los alumnos en la disciplina preconciliar y se observaba la antigua Liturgia, en latín y conforme al rito llamado tridentino o de San Pío V (V. Misa tridentina). Roma fue advertida y, en marzo de 1974, Pablo VI llamó a Mons. Mamie, sucesor del Obispo Charrière, así como al Presidente de la Conferencia Episcopal Suiza Mons. Adam y al Secretario de la Sagrada Congregación para los Religiosos (que era de la que dependía la Fraternidad) para que le informaran del asunto. Al regresar de la Ciudad Eterna, Mons. Mamie se entrevistó con Mons. Lefebvre, al parecer para advertirle que la Santa Sede iba a intervenir.

En junio del mismo año, fue creada una comisión presidida por el Cardenal Garrone con el objeto de investigar el Seminario de Mons. Lefebvre. Son enviados a él para hacer una evaluación in situ el obispo belga Descamps, Secretario de la Pontificia Comisión Bíblica, y Mons. Onclin, Secretario de la Pontificia Comisión para la Reforma del Derecho Canónico. Llegados el 11 de noviembre, permanecen en Ecône unos días, a lo largo de los cuales entrevistan a superiores y seminaristas. Apenas se marchan, Mons. Lefebvre hace publicar en la Revista Itinéraires un manifiesto en el cual critica abiertamente las reformas surgidas del Concilio Vaticano II y toma partido por la Tradición. Como es de suponer, este manifiesto, que lleva fecha del 21 de noviembre de 1974, provoca una gran conmoción en el mundo católico. Muchos se escandalizan, pero otros se muestran entusiasmados por el hecho de que por fin un Obispo haya dado voz a su sentir.

Como es de suponer, la reacción de la Santa Sede no se deja esperar: Mons. Lefebvre es convocado a Roma, a principios de 1975, para comparecer ante la comisión integrada por los Cardenales Garrone, Tabera y Wright. A la reunión asisten también Mons. Mamie, el Substituto de la Secretaría de Estado, Mons. Benelli, y el P. Dhanis, jesuita, en calidad de enviado personal del Papa. El Arzobispo manifiesta su intención de cerrar su seminario y retirarse siempre que así se lo exijan, pero los cardenales no lo creen necesario. En cambio, se muestran muy severos respecto del ya famoso manifiesto del 21 de noviembre. Mons. Lefebvre, sin retractarse, reafirma su acatamiento al Romano Pontífice. Se le dan seguridades de que se obrará con la mejor voluntad, pero no se le proporciona -como se le había prometido- la copia de la entrevista, que ha sido grabada por un magnetófono. Todo parece ir por cauces tranquilos cuando el 9 de mayo Mons. Mamie retira el reconocimiento canónico a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. Se trata de un acto ilegal, puesto que, una vez que un Obispo erige canónicamente un instituto, sólo la Santa Sede puede suprimirlo (canon 493 del Código de 1917, vigente entonces). Sin embargo, Roma dará por supuesta en la práctica la validez de la supresión diocesana.

Pablo VI dirige el 10 de julio un quirógrafo a Mons. Lefebvre, en la que le insta a declarar públicamente su sumisión al Concilio Vaticano II y a las reformas postconciliares. El destinatario no contesta y recibe una segunda misiva del mismo tenor. El prelado responde, entonces, que él obedece al Papa en cuanto custodio de la Tradición. Al propio tiempo, a través del Superior General de la Congregación de Misioneros del Espíritu Santo, solicita una audiencia al Sumo Pontífice, la cual le es denegada.

Estamos ya en 1976 y se anuncian las primeras ordenaciones sacerdotales en Ecône. Roma ve con preocupación creciente que el asunto se le escapa de las manos. En el consistorio que tiene lugar el 24 de mayo, Pablo VI se refiere a Mons. Lefebvre con amargas palabras de condena, aunque expresa su esperanza de que finalmente no lleve a cabo las ordenaciones. En sendos comunicados de 12 y 25 de junio, el Papa prohíbe expresamente al Arzobispo que las efectúe. Todo es en vano: el día 29, festividad de los Apóstoles Pedro y Pablo, ellas tienen lugar en medio de la mayor expectación y ante fieles venidos de todas partes, que se sienten solidarios con el que ya se da en llamar el “Arzobispo rebelde”. El 1º de julio, la Santa Sede declara la suspensión de pontificales de Mons. Lefebvre durante un año, a reserva de imponerle otra sanción.Ello quiere decir que en ese tiempo no podrá celebrar solemnemente la Misa ni llevar a cabo funciones que requieran el uso de las insignias pontificales, como son la colación de órdenes y la administración de la confirmación. Asimismo, los sacerdotes por él ordenados son suspendidos en sus funciones. A mediados de julio, el prelado solicita nuevamente al Papa una audiencia, que tampoco le es concedida esta vez. El 24 del mismo mes, Roma pronuncia contra él la suspensión a divinis, la pena canónica más grave después de la excomunión.

Mons. Lefebvre responde desafiando abiertamente a la autoridad al anunciar la celebración de una misa pública según el rito de San Pío V. Ésta tiene lugar el 29 de agosto en el Palacio de los Deportes de Lille, donde ha sido montado un gran altar según las prescripciones litúrgicas tradicionales. El acto resulta multitudinario y será el punto de referencia de muchos católicos que siguen ya en todo el mundo con interés el affaire Lefebvre. Ciertamente, la cuestión de la misa tradicional ya era objeto del interés de muchos sacerdotes y fieles. Los Cardenales Ottaviani y Bacci habían dirigido a Pablo VI una valiente crítica de la nueva misa promulgada en 1969 y existía hasta una diócesis entera -la de Campos, en Brasil- donde el presbiterio en pleno, en torno a su Obispo, conservó íntegramente la Liturgia preconciliar sin ser por ello molestado. Pero fue Mons. Lefebvre quien, con su actitud, la puso dramáticamente sobre el tapete. El 11 de septiembre, fue finalmente recibido Mons. Lefebvre por Pablo VI, quien no le ahorró los más acerbos reproches. Entre los capítulos de agravios figuraba un supuesto juramento contrario al Papa que exigía a sus ordenandos el Arzobispo. Éste, estupefacto, comprendió que el Papa estaba mal informado y protestó contra la falsedad de la especie. La audiencia, a la que asistió sin decir palabra Mons. Benelli, no produjo resultados: ninguno de los interlocutores cedió un milímetro de sus respectivas posiciones.

En 1977, animados por el ejemplo del Arzobispo, un grupo de tradicionalistas tomó la Iglesia parroquial de Saint-Nicholas-du Chardonnet, en el centro de París, sin que las autoridades eclesiástica y civil pudieran hacer nada por impedirlo. Según los ocupantes, se trataba de recuperar para el culto católico un lugar benemérito ligado a la Historia de la ciudad. La verdad es que los experimentos litúrgicos habían convertido a la inmensa mayoría de los templos franceses en teatros de irreverencias cuando no de auténticas profanaciones. Ese mismo verano se tuvieron nuevas ordenaciones en Ecône y ya no ha dejado de haberlas cada año en la misma ocasión: la festividad de San Pedro y San Pablo. Con ello, según la Fraternidad de San Pío X, se ha querido siempre subrayar la fidelidad fundamental al Papa, en tanto Vicario de Cristo y custodio de la Tradición.

Pablo VI volvió a lamentar la postura integrista de Mons. Lefebvre. La verdad es que este Papa se mostró siempre particularmente riguroso con el Arzobispo, a quien no faltaban razones en sus críticas a las reformas postconciliares, que se llevaron a cabo traumáticamente en muchos casos. Se negó a recibirle cuando aún se podría haber llegado a un acuerdo, mientras, por otro lado, no tenía inconvenientes en entrevistarse con gentes de tendencias e ideologías francamente anticatólicas. Le acusaba de rebeldía cuando había otros obispos mucho más escandalosos como, por ejemplo, Mons. Méndez Arceo, Obispo de Cuernavaca (México) o los que se le opusieron en bloque al publicarse su Encíclica Humanae vitae. Quizás Mons. Lefebvre cometiera imprudencias como el manifiesto de 1974 o la homilía de la misa de Lille, pero Pablo VI no hizo nada por acercar posiciones y siempre apareció inconmovible, lo cual exasperaba a aquél, que veía derrocharse la comprensión papal en favor de otros rebeldes. No deja de ser significativa la queja del prelado por entonces: “Durante cincuenta años de vida sacerdotal y treinta de episcopado he hecho siempre lo mismo, con la diferencia de que antes recibía las felicitaciones y el estímulo de los Papas, en tanto que ahora se me trata poco menos que como un hereje. ¿Quién ha cambiado? Desde luego, yo no”.

La subida al trono de San Pedro de Juan Pablo II en 1978 trajo consigo fundadas esperanzas de reconciliación. El nuevo Pontífice multiplicó los gestos de buena voluntad, llegando en 1980 a “pedir perdón -en mi nombre y en el de todos vosotros, venerados y queridos hermanos en el episcopado- por todo lo que, por el motivo que sea y por cualquier debilidad humana, impaciencia, negligencia, , en virtud también de la aplicación a veces parcial, unilateral y errónea de las normas del Concilio Vaticano II, pueda haber causado escándalo y malestar acerca de la interpretación de la doctrina y la veneración debida a este gran Sacramento” (cfr. Carta Dominicae Cenae, 12). El Papa Wojtyla recibió en audiencia a Mons. Lefebvre y le trató amablemente. Éste no encontró en aquél el gesto adusto de Montini, sino la mirada condescendiente de quien quiere llegar a un arreglo. De hecho, en 1984, la Congregación para el Culto Divino emanó un Decreto, por expresa voluntad del Papa, en el que se concedía a los obispos la facultad de otorgar un indulto en favor de los sacerdotes y fieles que solicitaran la Misa tridentina. Aunque las condiciones del mismo eran muy restrictivas y se insistía en que no se había de poner en cuestión la reforma litúrgica postconciliar, los círculos afectos a Ecône vieron en ello un paso adelante hacia una reconciliación con Roma.

Para entonces, la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X contaba ya con al menos cinco grandes seminarios y decenas de casas -llamadas prioratos- en los cinco continentes, así como un ejército bien nutrido de jóvenes sacerdotes. Sabiamente, Juan Pablo II no deseaba dejar perder este potencial y allanó el camino para entablar conversaciones con Mons. Lefebvre, para lo cual nombró como interlocutor en nombre de la Santa Sede al Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Al mismo tiempo, en la Curia Romana se intentaba por otros medios la reconducción de los tradicionalistas. En 1986, se creó en Roma el Seminario Internacional Mater Ecclesiae, cuyo primer núcleo lo constituían ex-seminaristas de la Fraternidad. La experiencia fracasó debido a que, en realidad, se trataba de un intento camuflado de reinserción de los mismos en la normalidad vigente. Mejor resultado dio la consulta hecha a finales de ese mismo año a una Comisión de Cardenales encargada de estudiar la aplicación del Decreto de 1984. El dictamen de los purpurados fue que las condiciones establecidas en el mismo eran demasiado restrictivas y debían ser mitigadas. Propusieron, además, unas normas claramente favorables a una amplia liberalización de la Misa tridentina.

Los encuentros entre el Cardenal Ratzinger y Mons. Lefebvre no fueron un camino de rosas. Hubo mucho forcejeo de uno y otro lado. El anciano Arzobispo veía acercarse su fin y temía dejar su obra en el desamparo, por lo cual pedía se concediera a ésta el estatus de Prelatura personal con uso exclusivo de la liturgia preconciliar y se accediera a la consagración de algunos obispos que aseguraran las ordenaciones. Roma consideraría la posibilidad de erigir la Fraternidad en Prelatura personal de rito tradicional, pero sólo estaba dispuesta a permitir un obispo. Después de laboriosas negociaciones, de marchas y contramarchas, por fin el 5 de mayo de 1988 fue extendido un protocolo de acuerdo entre las partes, que fue subscrito por el Cardenal y el prelado. Mons. Lefebvre aceptaba la consagración de un solo obispo en plazo prudente y su Fraternidad obtenía el pleno reconocimiento canónico y su exención de la jurisdicción de los ordinarios locales. El largo y accidentado affaire Lefebvre parecía así llegado a un término feliz y satisfactorio para todos. Sin embargo, sucedió lo inesperado: abruptamente, Mons. Lefebvre se retractó en público de su firma puesta al pie del protocolo y anunció que el 30 de junio siguiente consagraría cuatro Obispos. Los intentos de Roma por disuadirle de su propósito chocaron contra un muro inconmovible. Ya se ha visto el resultado final.

¿Qué fue lo que determinó este giro sorpresivo de los acontecimientos? Lo más sensato es pensar que se confabularon varios factores adversos. Mons. Lefebvre era ya un anciano, con pocas fuerzas para resistir las presiones que, sin duda, recibiría por parte de los sectores más duros de su movimiento, los cuales explotarían sus más que justificados recelos hacia la Curia Romana, de la que no había recibido siempre un trato equitativo. Quizás no fuera ajena a dichas presiones la ambición personal de alguno de los agraciados con el episcopado, que no quería dejar pasar esta oportunidad única de ceñir una mitra. Por otra parte, los obispos franceses, que siempre se mostraron poco caritativos hacia su hermano y se oponían a un arreglo de la Fraternidad con Roma, aprovecharon para echar más leña al fuego y exasperar los ánimos.

Mons. Lefebvre falleció a consecuencia de una rápida indisposición, el 25 de marzo de 1991, a los 85 años de edad. No hubo levantamiento de la excomunión por parte de Roma, pero es significativo el hecho de que ante su túmulo acudieron el Cardenal Thiandoum, el Nuncio Apostólico en Berna y el Obispo de Sion, en cuya diócesis se halla enclavado Ecône. Los tres pronunciaron sendos responsos y rociaron con agua bendita el catafalco, en lo cual se vio la señal de que, después de todo, el polémico prelado no se hallaba por completo fuera de la Iglesia. Sus restos yacen en la cripta del seminario que él levantó en medio de tantas contrariedades. Últimamente, un estudiante de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma optó el grado de doctor en Derecho Canónico sustentando una tesis en la que pone en cuestión la excomunión declarada contra Mons. Lefebvre y los miembros y seguidores de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. El trabajo mereció la aprobación del tribunal académico.

Bibliografía.-

Annuario Pontificio per l’anno 1979, Tipografia Poliglotta Vaticana (Città del Vaticano, 1979); Congar, Yves: ? Davies, Michael: Apologia pro Marcel Lefebvre (3. vol.), Dickinson (1979); Lefebvre, Mons. Marcel: Un evêque parle, Jarzé (1976); Senta Lucca, Juan: Lefebvre, el Antipapa, Sedmay Ediciones (Madrid, 1977).

Nos falta la clave

Circuló la leyenda de que el último rey de Italia, Humberto II, fue homosexual y que Mussolini tenía pruebas de ello y las guardaba celosamente en un maletín que siempre le acompañaba. Esto permitía al Duce manejar al Rey a su antojo.
Sin embargo, las presuntas pruebas nunca se han hecho públicas.
A partir de una información como esta la mayoría de la gente expresará su opinión según su prejuicio acerca del rey, de Mussolini o de la homosexualidad, pero se impone que el historiador estudie detalladamente la cuestión.
¿Es posible que en algún lugar se hallen los documentos del famoso maletín? O quizá el maletín no existió, o los docuemntos se perdieron, o fueron destruidos, o contenía otra cosa, o lo que Mussolini pensaba que tenía fuerza probatoria no la tenía, o se trataba de unas pruebas amañadas, o quizá se refería a una sola ocasión del rey, o quizá el rey era bisexual, ... Sin respuesta a estas preguntas es bastante irresponsable lanzarse a consideraciones de futuribles, éticas, políticas ó históricas. Quizá Mussolini no era capaz de chantajear al rey o el rey hubiese secundado las posiciones de Mussolini aunque no hubiese sido chantajeado. O Mussolini hacía creer al rey que tenía tales pruebas. ¿Hasta qué punto ese chantaje fue eficaz para que el rey aceptase todo lo propuesto por el duce? Caso de ser cierto, ¿hubiese sido más patriótico que el rey hubiese abdicado en lugar de perjudicar a sus súbditos? ¿O quizá hubiese sido más digno aceptar que tal comportamiento se hiciera público y resistir la infamia antes de ceder en asuntos fundamentales? ¿La Iglesia y la sociedad de la época hubiesen sido suficientemente misericordiosas para no tener en cuenta un asunto privado o hubiesen secundado el ataque fascista y destrozado al rey? ¿Eran las pruebas suficientemente contundentes como para apartar a los monárquicos irreductibles de su fidelidad al rey?
Todo lo antedicho forma parte de "la petite histoire", aquella parte de la historia que no trata de grandes acontecimientos, sino de detalles de vida privada pero que luego tienen una enorme influencia en el desarrollo de aquellos. Yo siempre he reivindicado en mis obras la importancia de esto.
Si prescindimos de la petite histoire a menudo nos falta una clave muy importante para entender los grandes acontecimientos.
La enfermedad física ó mental, el grado de cultivo de la inteligencia, la personalidad, la propia biografía, las pasiones, los ideales escondidos, la pertenencia a ciertas sociedades secretas, las presiones, los chantajes de todo tipo y muchas circunstancias más referidas a un personaje hacen que su palabras o actuaciones de enorme trascendencia se tomen de una manera inexplicable para quien no dispone de todas las claves.
Muchos historiadores prescinden de estos dertalles por lo que sus conclusiones son erróneas.
Con lo previo quero introducir una breve reflexión acerca del caso del arzobispo de Varsovia, obligado por la Santa Sede a dimitir el día antes de su toma de posesión acusado de haber colaborado con los servicios secretos en le época de la dictadura comunista.
Parece que la colaboración de un porcentaje del clero católico polca con los servicios polacos está suficientemente documentada. Pero desde el principio cabe plantearse algunas cuestiones. La primera es de dónde han surgido esas informaciones. La respuesta es el Instituto de la Memoria Histórica donde se ha reunido la documentación de los antiguos servcios secretos. A mi parecer esto ya es un error, porque no estamos seguros ni de la integridadd del archivo, ni de sus interpolaciones. Durante la transición española fuimo testigos de la enorme cantidad de camines que por orden del ministerio del interior partían cada día con documentos de instituciones gubernamentales o del movimiento a su destrucción y de como una vez vuelta la tortilla también muchas fichas policiales desaparecía para que cada uno pudiese crearse un antifranquismo libre de ataduras obviando tantas cosas de las que hoy no se sentirían muy orgullosos.
Los que se dicen progresistas no hacen más que presionar a los gobiernos -especialmente norteamericanos- para qyue se desclasifiquen documentos que den base a su infinita sed de venganza con ropajes de justicia. Así lo único que hacen es convertir la ciencia histórica en insostenible para nuestros herederos, porque ¿quién habrá tan estúpido entre las personas que ocupan altas magistraturas que antes de dejar su función pública no vayan a destruir cualquier documento comprometedor impidiendo que los futuros historiadores lleguen a cualquier conclusión válida?
Es mucho más prodente la norma de los archivos vaticano que no permiten consultar los archivos correspondientes a los año demasado cercanos con lo que se asegura que cuando su contenido llegue a la opinión pública el autor de tal documumento ya estará ante el juicio de Dios y bno tratanto de justificarsae ante campañas de presión mediáticas ideologizadas , parciales y potentísimas. Podrá escribir y conservar la verdad de lo ocurrido y dejar un testimonio de primera a los historiadores posteriores, con lo que ganan más los historiadores a largo plazo y pierden los vengadores que quieren dictar su justicia en esta vida.
Por otra parte nadie se va a creer que de esos archivos no se haya expurgado ya lo que resulte incómodo al nuevo poder.
Está muy claro que el objetivo de toda esta campaña es la destrucción de la ilglesia polaca. Pararece paradójico. Hasta ahora la historia oficial que beneficiaba a la Iglesia es que fue gracias a su actividad y a importantísimos eclesiásticos que cayó la tiranía comunista en Polonia. Pero ahora los viejos comunistas quieren vengarse de la Iglesia sacando a la luz que aproximadamente el 15% de los clérigos polacos eran delatores de sus propios hermanos y colaboraban con los servicios secretos comunistas. Sin embargo esta lucha no favorece ni a la Iglesia ni a los camisas viejas, sino a los travestidos que olvidaron su vieja militancia comunista y a todas las corrientes liberales y relativistas que pugnan contra la moral, la razón y la historia y quieren eliminar el peso de la Iglesia en la sociedad para convertir ese maravilloso pais polaco en cualquiera de nuestros países sin valores ni tradición y que se descomponen. Dicho esto. Conviene ahora fijarse en las implicaciones directamente eclesiales de lo sucedido.
Esto significa en primer lugar que, a pesar de las apariencias, la Iglesia lleva muchos años en crisis. ¿Cuántos eclesiásticos han estado por cuanto tiempo traicionando la más sagrada hermandad y al mismo tiempo en puestos de gran reponsabilidad dentro de la Iglesia sin que quien deberiera no se hubiese odado cuenta o no hubiese querido intervenir? ¿Cuánto daño habrán hehcho con sus delaciones o simplemente con su gobierno, destrozando a personas que eran mucho mejor que ellos? sin que se hiciese nada. La información del Vaticano funciona muchu más deficientemente de lo que la gente cree.
¿Y cómo ha actuado el Nuncio al proponer el candidato? Pues parece que en lugar de cumplir con su deber a fondo se ha dedicado más al desarrollo de su carrera personal. La carrera diplomática tendría que ser mucho más profesional y conocer los métodos de trabajo modernos. Y de esto debería ocuparse el Papa enseguida. Tampoco en la Congregación de los obispos han hecho su trabajo y esto exigiría ceses.
Pero también resultaría útil acercarnos al primer eslabón, a los ecesiásticos espías. ¿Por qué lo hicieron? Las respuestas son tan variadas como las pasiones de los hombres. Quizá algunos fueron comunistas que consiguieron infiltrarse en el seno de la Iglesia gracias a que el Vaticano II había bajado la guardia, otros debieron ser amenazados ellos o sus familias con males tan graves que hubiese sido heroico sufrir. Pero otros informaron simplememnte a cambio de cosas más burdas: a cambio de que no se hiciesen públicas ciertas comportamientos un poco disolutos del religioso, de vino, de dinero o de promoción social, que me parece ser el motivo del arzobispo al que hoy nos referimos.
Ciertamente motivos bastante mezquinos, pero cabe preguntarse si la Iglesia hubiese sido suficientemente caritativa para perdonar los yerros en caso de haberse hecho públicos, si chicos con talento hubiesen sido promovidos a lugares que les correspndían por naturaleza o hubiesen quedados amargados en un rincón si no hubiesen contado con la ayuda de los servicios. Es también curiosos pensar la desfachatez que hay que tener para convivir y ser amable todos los días con las personas la las que estás traicionando. Y después de que los espías han tratado llegado a su objetivo ¿habrán tratado ellos mejor a los más jóvenes para darles lo que se merecen sin que tengan que pasar por el mismo camino de vergüenza?
Es verdad que las colaboraciones lo fueron a distinto gra y que no tienen todod la misma responsabilidad. ¿Pueden los fieles continuar confiando en sus pastores? ¿Pero es que no ha habido fieles que han hecho idénticos trabajos? Al final lo único que importa es que el sacerdorte es el ministro de los sacramentos y eso es lo que los fieles polacos tienen que tomar de ellos. La doctrina, del Evangelio y del Papa. Y dejar que los muertos entierren a sus muertos.
"Qui no ho sap tot no sap res" (Cardenal Jubany)

PRÓLOGO AL “DICCIONARIO DEL PADRE APELES”

La portada de este libro bien podría incluir la expresión "obra póstuma" que críticos y editores usan para referirse a obras publicadas por primera vez después de la defunción del autor, haciendo gala de alguna imprecisión, pues la obra de un escritor nunca puede ser póstuma, a menos que no la dicte desde el más allá a uno de estos personajes del esoterismo que pretenden tener contactos en otra dimensión.
Cuando digo que podríamos calificar a esta obra de póstuma no me refiero a que el autor haya acabado su peregrinar en este mundo -lo que a más de uno sin duda alegraría- sino a una muerte en sentido metafórico, a una "muerte mediática".
Y -para continuar con la figura retórica- como lo mejor que puede hacer alguien que sabe que va a morirse es poner sus asuntos en orden y otorgar testamento, el autor ha querido que este libro sea su testamento. Cada uno deja en su testamento aquello que posee a unas personas determinadas. No es que el autor posea mucho, pero quiere dejar en este testamento lo que pueda resultar más interesante al que le interese, su pensamiento.
Alguien podría suponer que el interés de su pensamiento estriba en su originalidad. Se engañaría. Nihil nouum sub sole. El autor no ha creado un nuevo sistema de pensamiento, sino que se ha limitado a pensar -eso sí, mucho-. ¿Entonces cuál es la fuente de su interés? Su infrecuencia. El interés que despierta un parto de sextillizos se debe sin duda alguna a lo raro del evento.
Cabe preguntarse, pues, ¿cuál es el sistema de pensamiento del autor? El realismo. El objetivo del pensamiento debe ser forjarse una concepción lo más cercana posible a la realidad. El modo de alcanzarla es sin duda alguna atenerse a los datos de la realidad y aplicar la lógica de un modo riguroso. Así, la ignorancia, la estupidez, el apasionamiento, la soberbia, la irracionalidad, la irreflexión, ... harán imposible el alcanzarla. La fe no tendrá más objeto que aquello que se escapa a la razón. Por fuerza habrá que acudir al conocimiento sobrenatural dado por Dios para descubrir la realidad que está fuera del alcance de la razón. Y nada más. Sólo procurar conocer la realidad tal cual, aplicar una lógica implacable y recurrir a la fe en lo que rebasa la razón. Así de sencillo y, sin embargo, raro.
El autor no ha escrito un tratado filosófico. Sólo intenta aplicar su modo de pensar a los temas de más candente actualidad. Sin duda el contenido de la obra resultará polémico. Al autor no le preocupa, antes le divierte.

25 de enero de 2007

Chesterton

En “El hombre eterno”:
“Si [la fe cristiana] fuera un error, da la impresión de que difícilmente podría haber durado mas de un día. Si fuera un mero éxtasis, daría la impresión de que tal éxtasis no podría durar mas de una hora.
Ha durado casi dos mil años; y el mundo animado por esa fe ha sido mas lúcido, más juicioso, mas razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más divertido y alegre al enfrentarse con el destino y con la muerte, que todo el mundo fuera de esa fe.
Porque de aquel Cristo increíble salió el alma de la cristiandad,; y esa alma era el sentido común”


En “Lo que está mal en el mundo” (1910)
“Si los americanos pueden divorciarse por “incompatibilidad de temperamentos” no puedo entender por qué no están todos divorciados. He conocido muchos matrimonios felices, pero nunca uno “compatible”.
La idea del matrimonio es luchar y sobrevivir el instante en el que la incompatibilidad se hace incuestionable. Porque un hombre y una mujer, en cuanto tales, son incompatibles.


Un artículo de Robert Dell afirmaba que el hombre que se hace católico "deja su responsabilidad en el umbral y cree en los dogmas para librarse de la angustia de pensar". Chesterton responde así:
Euclides, al proponer definiciones absolutas y axiomas inalterables, no libra a los geómetras del esfuerzo de pensar. Al contrario, les proporciona la ardua tarea de pensar con lógica. El dogma de la Iglesia limita el pensamiento de la misma manera que el axioma del Sistema Solar limita la Física: en lugar de detener el pensamiento, le proporciona una base fértil y un estímulo constante.
Poco después, en el Daily News, Chesterton invita a los racionalistas a ser realmente razonables y lógicos:
Yo creo -porque así lo afirman fuentes autorizadas- que el mundo es redondo. Que pueda haber tribus que crean que es triangular u oblongo no altera el hecho de que indudablemente el mundo tiene una forma determinada, y no otra. Por tanto, no digáis que la variedad de religiones os impide creer en una. No sería una postura inteligente.

10 de enero de 2007

Destrucción del orden natural y el estado de derecho

"Oh? And when the last law was down, and the Devil turned round on you, where would you hide, Roper, the laws all being flat? This country's planted thick with laws from coast to coast -- man's laws, not God's -- and if you cut them down -- and you're just the man to do it -- do you really think you could stand upright in the winds that would blow then? Yes, I'd give the Devil benefit of law, for my own safety's sake."


(Santo Tomás Moro en "A man for every season")

8 de enero de 2007

El hombre equilibrado

Criterio es un medio para conocer la verdad. La verdad en las cosas, en la realidad. La verdad en el entendimiento es conocer las cosas tal como son. La verdad en la voluntad es quererlas como es debido, conforme a las reglas de la sana moral. La verdad en la conducta es obrar por impulso de esta buena voluntad. La verdad en proponerse un fin es proponerse el fin conveniente y debido, según las circunstancias. La verdad en la elección de los medios es elegir los que son conformes a la moral y mejor conducen al fin. Hay verdades de muchas clases porque hay realidad de muchas clases; hay también muchos modos de conocer la verdad. No todas las cosas se han de mirar de la misma manera, sino del modo que cada una de ellas se ve mejor. Al hombre le han sido dadas muchas facultades. Ninguna es inútil. Ninguna es intrínsecamente mala. La esterilidad o la malicia les vienen de nosotros, que las empleamos mal. Una buena lógica debiera comprender al hombre entero, porque la verdad está en relación con todas las facultades del hombre. Cuidar de la una y no de la otra es a veces esterilizar la segunda y malograr la primera. El hombre es un mundo pequeño, sus facultades son muchas y muy diversas; necesita armonía, y no hay armonía sin atinada combinación, y no hay combinación atinada si cada cosa no está en su lugar, si no ejerce sus funciones o las suspende en el tiempo oportuno. Cuando el hombre deja sin acción alguna de sus facultades es un instrumento al que lo faltan cuerdas; cuando las emplea mal es un instrumento destemplado. La razón es fría, pero ve claro; darle calor y no ofuscar su claridad; las pasiones son ciegas, pero dan fuerza; darles dirección y aprovecharse de su fuerza. El entendimiento sometido a la verdad, la voluntad sometida a la moral, las pasiones sometidas al entendimiento y a la voluntad, y todo ilustrado, dirigido, elevado por la religión: he aquí el hombre completo, el hombre por excelencia. En él la razón da luz, la imaginación pinta, el corazón vivifica, la religión diviniza.
(Balmes, Jaime. "El Criterio")


7 de enero de 2007

No todo es farsa en la farsa

(...) como en las farsas de la vida (...) a estos muñecos, como a los humanos, muévenlos cordelillos groseros, que son los intereses, las pasioncillas, los engaños y todas las miserias de su condición: tiran unos de sus pies y los llevan a tristes andanzas; tiran otros de sus manos, que trabajan con pena, luchan con rabia, hurtan con astucia, matan con violencia. Pero, entre todos ellos, desciende a veces del cielo al corazón un hilo sutil, como tejido con luz de sol y con luz de luna: el hilo del amor, que a los humanos, como a esos muñecos que semejan humanos, les hace parecer divinos, y trae a nuestra frente resplandores de aurora, y pone alas en nuestro corazón, y nos dice que no todo es farsa en la farsa, que hay algo divino en nuestra vida que es verdad y es eterno, y no puede acabar cuando la farsa acaba.
(Benavente, Jacinto. "Los intereses creados")