20 de enero de 2008

Oda a la vida retirada

¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encara
mala lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas y mortal cuidado?

Fray Luis de León
Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve,
que sabe arrancarlas!

¡Ay, -pensé-, cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: "Levántate y anda"!

Bécquer

Volverán las oscuras golondrinas

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y, otra vez, con el ala a sus cristales
jugando llamarán;
pero aquéllas que el vuelo refrenaban 5
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar, 10
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquéllas, cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día... 15
ésas... ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón, de su profundo sueño
tal vez despertará; 20
pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate:
¡así no te querrán!

Gustavo Adolfo Bécquer

(1836-1870)

Dos de mayo. Elegía heroica

«Oigo, patria, tu aflicción,
Y escucho el triste concierto
Que forman, tocando a muerto,
La campana y el cañón:
Sobre tu invicto pendón
Veo flotantes crespones,
Y oigo alzarse a otras regiones,
En estrofas funerarias,
De la Iglesia, las plegarias,
Y del arte, las canciones.

»Lloras porque te insultaron
Los que su amor te ofrecieron...
¡A ti, a quien siempre temieron,
Porque tu gloria admiraron;
A ti, por quien se inclinaron
Los mundos de zona a zona;
A ti, soberbia matrona,
Que, libre de extraño yugo,
No has tenido más verdugo
Que el peso de tu corona!

»Doquiera la mente mia
Sus alas rápidas lleva,
Allí un sepulcro se eleva
Contando tu valentía;
Desde la cumbre bravía
Que el sol indio tornasola,
Hasta el África, que inmola
Sus hijos en torpe guerra,
¡No hay un puñado de tierra
Sin una tumba española!»

Tembló el orbe a tus legiones,
y de la espantada esfera
sujetaron la carrera
las garras de tus leones;
nadie humilló tus pendones
ni te arrancó la victoria;
pues de tu gigante gloria
no cabe el rayo fecundo,
ni en los ámbitos del mundo,
ni en el libro de la historia.

Siempre en lucha desigual
cantan tu invicta arrogancia,
Sagunto, Cádiz, Numancia,
Zaragoza y San Marcial;
en tu suelo virginal
no arraigan extraños fueros;
porque, indómitos y fieros,
saben hacer sus vasallos
frenos para sus caballos
con los cetros extranjeros.

Y aún hubo en la tierra un hombre,
que osó profanar tu manto.
¡Espacio falta a mi canto
para maldecir su nombre!
Sin que el recuerdo me asombre,
con ansia abriré la historia;
presta luz a mi memoria,
y el mundo y la patria a coro,
oirán el himno sonoro
de tus recuerdos de gloria.

Aquel genio de ambición
que, en su delirio profundo,
cantando guerra, hizo al mundo
sepulcro de su nación,
hirió al ibero león
ansiando a España regir;
y no llegó a percibir,
ebrio de orgullo y poder,
que no puede esclavo ser,
pueblo que sabe morir.

«¡Guerra! Clamó en el altar
El sacerdote, con ira;
¡Guerra! Repitió la lira
Con indómito cantar;
¡Guerra! Gritó, al despertar,
El pueblo que al mundo aterra;
Y cuando en hispana tierra
Pasos extraños se oyeron,
Hasta las tumbas se abrieron
Gritando: «¡Venganza y guerra!»

»La Virgen, con patrio ardor,
Ansiosa salta del lecho;
El niño bebe en el pecho
Odio eterno al invasor;
La madre mata su amor,
Y cuando salmada está,
Grita al hijo que se va:
»¡Pues que la patria lo quiere,
»Lánzate al combate, y muere...
»Tu madre te vengará!»

Y suenan patrias canciones
Cantando santos deberes;
Y van roncas las mujeres
Empujando los cañones;
Al pié de libres pendones
El grito de patria zumba,
Y el rudo cañón retumba,
Y el vil invasor se aterra;
¡Y al suelo le falta tierra
Para cubrir tanta tumba!»

¡Mártires de la lealtad
que del honor al arrullo
fuisteis de la patria orgullo
y honra de la humanidad.
en la tumba descansad,
que el valiente pueblo ibero
jura con rostro altanero
que, hasta que España sucumba,
no pisará vuestra tumba
la planta del extranjero!


Bernardo López García

Explicando una tarde anatomía

Explicando una tarde anatomía
un sabio profesor
del corazón a sus alumnos daba
perfecta descripción.
Anonadado por sus propias penas,
la cátedra olvidó;
-Dicen señores, exclamaba pálido,
que nadie consiguió
vivir sin esa víscera preciosa-
-¡Error, extraño error!-
Hay un ser en mi ser, una hija mía,
que ayer me abandonó;
-¡Las hijas que abandonan a sus padres
no tienen corazón!-
Un estudiante que del aula oscura
se oculta en un rincón,
mientras los otros, asombrados oyen
tan público dolor,
sonriendo a un amigo y compañero
le dijo a media voz:
-¡Piensa que a su hija el corazón le falta...
y es que lo tengo yo!-

Eusebio Blasco Soler (1844-1903)

A quien sé yo

Me engañaste,
y “¡No has sido tú el primero!”
dijeron mis amigos,
un tiempo de tus pérfidos engaños
victimas o testigos.

No sé quién fue el primero
más el último
sé que será un gusano.
Buscará el corazón de tu cadáver,
y ha de buscarlo en vano.

Eusebio Blasco y Soler — España, 1844

Ladrar a la luna

¡No desmayes jamás ante una guerra
de torpe envidia y miserables celos!
¿Qué le importa a la luna, allá en los cielos,
que le ladren los perros de la tierra?

Si alguien aspira a derribarte, yerra
y puede ahorrarse inútiles desvelos;
no tan pronto se abate por los suelos
el Escorial que tu talento encierra.

¿Que no cede el ataque ni un momento?
¿Que a todo trance buscan tu fracaso?
¿Que te cansa el luchar..? ¡No lo disputo!

Mas oye, amigo, este refrán de paso:
¡Se apedrean las plantas que dan fruto!
¿Quién del árbol estéril hace caso?

Marcos Zapata

Etnología

Oyendo hablar un hombre, fácil es
acertar donde vió la luz del sol:
Si os alaba a Inglaterra, será inglés;
si os habla mal de Prusia, es un francés,
y si habla mal de España, un español.

Joaquín M. Bartrina (1850-1880)

19 de enero de 2008

El gran concurso

El concurso era extraño, más valía la pena.
Por la más gran mentira, ¡ochocientos millones!
Y todo admitidos. Ni trampas ni excepciones.
Ingenio encadenaba con dorada cadena,
Un millonario, harto tras de larga condena
que ni aliviar pudieron placeres ni almohadones
(pues premio es el hastío de grandees anbiciones),
acabó mala vida con una muerte buena.
Jamás, cierto, un testadi causó tanta impaciencia
Acudieron ¡a cientos! para alcanzar la herencia.
¿Quién mintiendo diría mejor "Abracadabra"?
De miles de cuartillas pergeñadas sin calma
una bastó a un ateo para vencer la palma.
¡Y en ella había escrito tan solo una palabra!

Nostalgia

Hace ya diez años
que recorro el mundo.
¡He vivido poco!
¡Me he cansado mucho!

Quien vive de prisa no vive de veras:
quien no hecha raíces no puede dar frutos.

Ser río que corre, ser nube que pasa,
sin dejar recuerdos ni rastro ninguno,
es triste, y más triste para el que se siente
nube en lo elevado, río en lo profundo.

Quisiera ser árbol, mejor que ser ave,
quisiera ser leño, mejor que ser humo,
y al viaje que cansa
prefiero el terruño:
la ciudad nativa con sus campanarios,
arcaicos balcones, portales vetustos
y calles estrechas, como si las casas
tampoco quisiesen separarse mucho...

Estoy en la orilla
de un sendero abrupto.
Miro la serpiente de la carretera
que en cada montaña da vueltas a un nudo;
y entonces comprendo que el camino es largo,
que el terreno es brusco,
que la cuesta es ardua,
que el paisaje mustio...

¡Señor!, ya me canso de viajar, ya siento
nostalgia, ya ansío descansar muy junto
de los míos... Todos rodearán mi asiento
para que les diga mis penas y triunfos;
y yo, a la manera del que recorriera
un álbum de cromos, contaré con gusto
las mil y una noches de mis aventuras
y acabaré con esta frase de infortunio:

-¡He vivido poco!
¡Me he cansado mucho!

José Santos Chocano